25 March 2022
“Y no era peor que otras vidas” Julio Cortazar
Vivimos en un mundo colonizado por malos bichoss. Se esconden en los lugares menos pensados, porque -convengamos- es cómodo y casi esperable asumir al odontólogo sádico, pero no al heladero o el recepcionista del hotel. Primer y Gran Error, el heladero bien puede calificar en esta categoría. Lo entiendo, muchas veces tiene razón.
Primer caso: Dueño de la Hostería un tercio de estrella, contesta en portugués las consultas de sus huéspedes, pareciera un acto de amor, para que el “aterrizaje a la capa social inferior” no les duela tanto.
-Olla -Dice señalando con el dedo- vocé tein que …
Vivió unos meses en Pipa, o eso dice. Ya incluso se lo cree.
Na rua Das Chilampis -Asiente con la cabeza la cadencia carioca- vocé vai trocar reais
Na Praia das Peteiras…
Afortunadamente, tampoco comprenden el castellano del anfitrión, sonríen todos.
Plano global de plaza paqueta de pueblo de calles de tierra -polvo en realidad- en Traslasierra. Superpoblada de artesanos con buen gusto. Nuestros nuevos pobres estacionan a cinco cuadras y caminan subidas interminables para ahorrar cien P. A este público pedestre, le pegó la crisis, pero reprimen pensarlo o imaginarlo siquiera.
Cierta inexplicable sobreestimación del Yo, hace que asuman similitudes entre Brochero y Buzios, seguramente debido a la coincidencia en la B o las palabras del hotelero. No estoy seguro. La salinididad del agua difiere. Bastante. De eso si estoy seguro.
Cabecean de manera sobreactuada al pasar ante lánguidos y leídos puesteros, con el latiguillo “estoy mirando” que utilizan a modo de punto final de la oración al escuchar Cinco Mil pesos.
El artesano lee una novela de Graham Green en inglés. La mas pequeña lo nota. Pasa totalmente desapercibida a los adultos, inmigrantes gustosos de redes sociales, ese lugar donde nadie corrige ortografía o estilo.
Cruzan a la heladeríai artesanal. Quinientas personas en diez metros cuadrados, haciendo abuso del aire acondicionado. Le toca al matrimonio con los seis gringuitos de publicidad de calditos.
¿Que gustos?
Pregunta el mal bicho detrás del mostrador. Acaba de de establecer contacto visual con la flaquita inteligente, que da tratamiento muy concreto a “presiones oculares”, sonríe pensándolo ya que le chupa un huevo la cara del heladero. Se encarga de hacérselo saber con la mirada y la sonrisa.
Hemos creado una generación de monstruos egocéntricos inteligentísimos que gobernarán este planeta y nos eliminarán como carga innecesaria y costosa. Y posiblemente sea lo mas correcto. Lo se, lo vemos en sus sonrisas de cinco años cuando nos hablan. Los liderarán niñas como esta.
Imagino, por piedad que el heladero está preguntándose:
Hace veinticinco minutos que están ¿No eligieron el sabor? ¿Esto es lo mejor que pudieron criar esos dos padres?
Ocurre, lo sé, en las heladerías de todo el planeta.
¿Que tiene el Sambayón Granizado?
Pregunta una del grupo de los diez años temporales, pero mucho mayor IQ que la madre. O el padre. O la suma de ambos.
Es Sambayón con granizado
Responde monocorde el heladero, golpeando la tapa metálica y se silencia el salón. Levanta las cejas y responde al “buen dia” que soltó la pareja que entró, con
La puerta. El aire. Gracias. Mmnndía.
Mantiene cinco conversaciones coherentes con cara de sota de espadas. A la nena, al que preguntó por el telecentro, a la jefa que le dice que no trajeron Sambayón Granizado y a la pregunta
¿Gol de quien?
Pregunta alguien vistiendo casaca plástica del ascenso, conurbano, zona oeste. Y crocs.
A lo que responde con sonrisa rara cercana a “¿Que mierda puedo saber yo?”
Mientras la nena primera de la fila dice.
Ah! entonces, Locro con banana y sambayon granizado-
Te cuento los gustos que quedan -por sabores- y enumera cuarenta.
Enumera en voz alta para que el resto escuche, algunos escuchan, alguno presta más atención al partido en segundo plano. Nadie a sus respectivas parejas. Otro tipo de malos bichos.
Paga el voluminoso papá con uno a upa. Intuye que es más fácil con la de débito, pero también intuye el contenido de esa Caja de Ahorro Prestige o Infinia o Mega o Emperador o Black o Diamond o algún otro nombre que la haga parecer que ese banco que solo se llama por siglas, va a estar más adelante. El pobre gordo cree esto gracias a su bajo IQ y a que un peladito de ojos claros decía:
El que depositó dólares, recibirá dólares.
Y como decía en inglés alguna otra imbecilidad, quedaba re bien.
El heladero multitarea entrega dos helados al padre, que ninguno reclama de la tribu porque están cagándose a trompadas, como corresponde a niños sanos y en el mismo acto, dos billetes de diez pesos y cuatro de cinco pesos, que en algún momento fueron de papel. Los próceres y paisajes no mantienen una correlación, algo que molesta sensiblemente a la mama medio TOC y mira en segundo plano.
La magia ocurre, lo sé. El multitask detrás de la barra esperó por este momento todo el día. Afortunadamente, el infeliz llenando la billetera con helados en la mano, se repite no menos de diez veces al día. Es mejor que ir a ver alguna obra a Carlos Paz. Este pibe es un mal bicho de los buenos.
El espectáculo premium es cuando se cae uno de los sabores. Gol!
No en el partido, estoy simulando la alegría del pibe mal bicho.
El enjambre neuronal del gordo entra en crisis. De las grosas, como cuando llega el resumen de Master Preference Black WiFi. Planifica, se lo ve transpirar intentando poner los blandos(ísimos) billetes en la billetera, mira para atrás, nadie le sujeta el pibe, la madre está administrando el reparto de sopapos generosamente, ante la mirada inquisidora de una vieja hiper cheta.
Leyó en la Cosmopolitan o el suplemento Viva, que está bien un soplamoco de vez en cuando al párvulo y anda aplicando la teoría cada vez más contenta. Posiblemente a falta de sexo.
El gordo duda en soltar el pibe al suelo, lo apoya, deja la billetera en el mostrador, sabe que está el carnet de conductor y teme por eso, estima inconscientemente los consumos del dia. Desestima la denuncia de extravío. Todo ocurre en nanosegundos.
La del IQ alto se apiada del neandertal y toma sus dos cucuruchos. Ella se sabe un error del señor nuestro dios en ese hogar.
Papá entrega a Mamá con miedo al más chico y guarda a medias los billetes. Teme recibir un sopapo el también. Lo merece. Los necesitó de niño, ahora es tarde y al pedo.
-No, crema del cielo y apio no lo hacemos más -Dice el heladero al nieto de la vieja hiper cheta ya en segundo plano, confundido con el partido del ascenso-
En la plaza se sientan a ver el payaso. Le lejos del frente. Este mal bicho larga un par de obsenidades a medias que pasan desapercibidas producto del bajísimo IQ general.
Se levantan un minuto antes de sospechar que viene la palabra gorra. Y no por miedo a la “Yuta”.
Afortunadamente, nuestro mal bicho payaso, tiene un “speach” más largo que el espectáculo para -intentar al menos- meterles algo de vergüenza.
En poquísimos casos da resultado, en esto el cociente intelectual medio es excelente. A algunos los corre con la gorra y tampoco se dan por aludidos.
Pero el payaso vive de esto y alguien que también vive de esto es su mejor herramienta, la payasa que se mueve con precisión militar que hubiera sido la envidia de Anibal, Von Clausewitz y Sun Tzu juntos, rodeando en movimiento de pinzas a la infantería -que paradojicamente en este caso particular son adultos- que intenta una retirada honrosa.
Inutilmente tambien.
El Homero Simpson de cabotaje no encuentra mejor salida que tomar ese sobrante, que en realidad no terminó nunca de entrar a la billetera y dárselo a la inteligente del grupo, que tiene roto el medidor de la vergüenza y toma con mueca de asco los cuarenta pesos y los lleva a la gorra de la payasa entre índice y pulgar, con el resto de los dedos abiertos como abanico.
El heladero multitarea entrega los últimos dos helados al padre, que ninguno reclama de la tribu porque están cagándose a trompadas, como corresponde a niños sanos y en el mismo acto, dos billetes de diez pesos y cuatro de cinco pesos, que en algún momento fueron de papel. Los próceres y paisajes no mantienen una correlación, algo que molesta sensiblemente a la mama algo TOC y mira en segundo plano y hace un tirón de cuello a modo de tic involuntario. Tic, Toc, Tic, Toc. A la espera que el marido guarde el dinero.
La magia ocurre, lo sé. El mal bicho detrás de la barra esperó por este momento todo el día. Afortunadamente, el infeliz voluminos llenando la billetera con helados en la mano, se repite no menos de diez veces al día. Es muchísimo mejor que ir a ver alguna obra a Carlos Paz. Lejos. Este pibe es un mal bicho de los buenos.
El espectáculo premium ocurre cuando se cae uno de los sabores. Gol!
No en el partido, estoy simulando la alegría del mal bicho heladero.
El enjambre neuronal del gordo entra en crisis. De las grosas, como cuando llega el resumen de Master Preference Black HeadAndShoulders. Planifica, se lo ve transpirar intentando poner los blandos(ísimos) billetes en la billetera, mira para atrás, nadie le sujeta el pibe, la madre está administrando el reparto de sopapos generosamente, ante la mirada inquisidora de una vieja hiper cheta en segundo plano.
Mamá leyó en la Cosmopolitan o el suplemento Viva, que está bien un soplamoco de vez en cuando al párvulo y anda aplicando la teoría cada vez más contenta. Posiblemente motivado en falta de sexo.
Duda papá en soltar el pibe al suelo, lo apoya, deja la billetera en el mostrador, sabe que está el carnet de conductor y teme por eso, estima inconscientemente los consumos del dia. Desestima la denuncia de extravío. Todo ocurre en nanosegundos.
La inteligente se apiada del neandertal y toma sus dos cucuruchos. Ella se sabe un error del señor nuestro dios en ese hogar.
Papá entrega a Mamá con miedo al más chico y guarda a medias los billetes. Teme recibir un sopapo el también. Lo merece. Los sabe. Lo necesitó de niño, ahora es tarde y al pedo.
-No, crema del cielo y apio no lo hacemos más -Dice el heladero al nieto de la vieja hiper cheta ya en tercer plano, fuera de la foto, confundido con el partido del ascenso que ve con un tercer ojo budista-
Por algún milagro del universo, nadie muere y sale la familia cuansi funcional de la heladería.
En la plaza se sientan a ver el payaso. Le lejos de la primera línea de sillas plásticas. Este mal bicho larga un par de obscenidades a medias que pasan desapercibidas producto del bajo coeficinete intelectual general.
Se levantan un minuto antes de sospechar que viene la palabra gorra. Y no por miedo a la “Yuta”.
Afortunadamente, nuestro mal bicho payaso, tiene un “speach” más largo que el espectáculo para -intentar al menos- meterles algo de vergüenza.
En poquísimos casos da resultado, intelecto medio es excelente. A algunos los corre con la gorra y tampoco se dan por aludidos.
Pero el payaso vive de esto y alguien que también vive de esto es su mejor herramienta, la payasa que se mueve con precisión militar que hubiera sido la envidia de Anibal, Von Clausewitz y Sun Tzu juntos, rodeando en movimiento de pinzas a la infantería -que paradojicamente en este caso particular son adultos- que intenta una retirada honrosa.
Inutilmente también.
El Homero Simpsons de cabotaje no encuentra mejor salida que tomar ese sobrante, que en realidad no terminó nunca de entrar a la billetera y dárselo a la inteligente del grupo, que tiene roto el medidor de la vergüenza y toma con mueca de asco los cuarenta pesos y los lleva a la gorra de la payasa entre índice y pulgar, con el resto de los dedos abiertos como abanico.