El represor

26 March 2022

La Ley, el honor y la Justicia

“Suelta de boca resultó ser la oficialidad argentina” –dijo el general- “Será porque tiene una espada con la cual sostenerlo” –dijo el subalterno-

“ … me debe dinero, que él te entregue lo que cree es justo” Carta de Dorrego a su mujer momentos antes del fusilamiento.

Mojó el dedo índice de su mano derecha, e hizo correr la última de las páginas. El librito demostró ser de fácil lectura frente a las contínuas y sucesivas acometidas del anciano que lo sostenía con sus toscas manos, las coloradas tapas, anticipaban algo de lo colorado de su contenido.

En esa tapa, bastante descolorida, resaltaban doradas unas cuantas palabras que oficiaban de título y autoría.

Louis Althusser, escribiendo sobre filosofía. El anciano había leído bastante sobre esa disciplina, pero poco de lo leído anteriormente le sirvió en esta última lectura, completamente nueva. No había nada del agustiniano “Non intratur in veritatem nisi per caritatem”

El libro que acabara de cerrar le había dejado unos cuantos interrogantes, de difícil o imposible solución. No le molestó esto último, porque es bueno que los libros dejen interrogantes, los libros que contestan preguntas son generalmente malos. La mismísima Enciclopedia británica puede generar mas incógnitas que soluciones en sus juicios.

El hombre de cabellos canos, cubrió con dificultad los pocos metros que lo separaban del bebedero donde revoloteaban las palomas y los chicos, ambos con inocentes intenciones. Tal vez pretendiera acariciar alguna de aquellas cabelleras rubias, de pelos extremadamente finos, o tomar un sorbo de agua. Con el diario prolijamente doblado bajo el brazo derecho, después de haber leído los policiales. En esas páginas había un caso curioso de una mujer que por tentativa de hurto de un paquete de galletitas.

El vendedor de praliné de la esquina, estudiaba pacientemente los movimientos del hombre de sobretodo. Lo seguía con la mirada, conocía cada uno de sus horarios, las dietas vespertinas, las lecturas. No lo había sorprendido al estudiante universitario la lectura que acostumbraba aquel mítico criminal, demasiado instruido para militar o demasiado excesivo para ciudadano común que cultiva las beldades de la erudición.

En aquel duelo particular, ambos bandos tenían en claro lo que estaban pasando, sin soñar siquiera lo que pensaba el bando contrario, estaban demasiado compenetrados en sus posiciones.

El chico de 19 años, con el birrete colocado con precisa negligencia sobre la frente, llevaba adelante la larga planificada ejecución del torturador de sus padres, presos político de la represión; planeada e ideada desde‚ pocas tan lejanas que la convertían en algo reflejo, como el estornudo. Tal vez los primeros pasos del plan los ideara en la casa de la abuela, esa misma noche en que lo dejaron los padres porque se marchaban con unos ‘amigos’. El no sentía ningún odio particular hacia ese viejito que ahora era más angelical que los diabólicos chicos que poblaban la Plaza San Martín de todas las tardes, como tampoco sentía amor hacia aquellos padres que ya ni recordaba.

El viejo, en cambio, olfateaba en el aire aquel peligro, había estudiado durante años para eso. Toda una vida había dedicado al estudio de las formas de salvarse en la jungla de cemento; ahora se había entregado a placeres mayores, buena música, cigarrillos a escondidas de los hijos que lo cuidaban (el corazón y todo eso), y esas lecturas de los libros que otrora quemara. Sabía que era un novato el que lo mataría, pero tampoco le preocupaba. Comía en forma normal, como había acostumbrado hasta entonces, concurría a los lugares de siempre, sin informarle a nadie sus temores. No lo entenderían. También había aprendido eso, a convivir con los temores, con las rojizas pupilas de los torturados en su conciencia; con los olores y los sonidos. Ya pocas veces se despertaba de noche.

Pero estaba lo otro. El viejo había optado por comunión y confesión, el joven también.

Por mas que la Ley lo declarara inocente y no se le probara nada, había cometido el error de dejar testigos que comentarían lo que había pasado en El Cabildo. Una tarde del 86 vio a una mujer que ni hubiera soñado, girar el rostro por la calle, y llorar a gritos al verlo pasar. Habían quedado algunos. Al juicio no se había presentado ninguno, pero seguro que habían hablado y su nombre había llegado a los oídos de alguien que ahora lo perseguía. Un punzante malestar se lo indicaba, en la periferia del oído medio, pero no era algo físico.

Y as¡ era el juego, en definitiva, el viejo había aceptado las reglas y tenía que ponerle el pecho a las balas (tal vez demasiado literalmente)

Lo curioso del caso, es que en aquellas ‚pocas en las que era él quién decidía entre la vida y la muerte, sentía miedo, miedo a todo, casi en forma constante, sin ningún motivo para tenerlo, en cambio ahora que sabía que lo querían matar, no experimentaba temor alguno.

Nadie lo había delatado, nadie lo había “marcado”; solamente un chiquito flaquito de muy pocos años, había escuchado la curiosa conjunción sonora de sus nombres y apellido, un encadenamiento difícil de formar, mientras lo llamaban en la cola de la jubilación del banco. El pibe, cobraba la pensión como víctima del Proceso; el otro, mientras tanto, haría lo propio como Sub-Oficial Mayor retirado, al que acababa de descubrir.

El pibe no quiso seguirlo aquella vez, tal vez por miedo, por asco, por nauseas, pero principalmente por ese miedo atroz tan suyo. Lo esperó el mes siguiente, en la misma cola, entre la marea humana, ahora que tenía su imagen grabada, procuró acercársele para ver que decía el recibo, y este confirmaba las presunciones de militareidad. Víctimas y victimarios en la misma cola, hermanados por algún sádico error burocrático.

Desde la primera hora que siguió a aquel primer encuentro, el adolescente ya sabía el final de la historia. Tejió cada uno de los segundos que fueron apareciendo, especuló, soñó, maldijo no estuviera él acá  para recordarle los detalles. Debería confiar en su memoria, de una muy lejana tarde, cuando supieron lo de la mami, entre mocos de su padre medio loco, los morbosos detalles de la tortura y el origen de la idiotez (y la horfandad). Debe haber sido un alivio el suicidio, en definitiva.

El suboficial Mayor Juan Leopoldo Medina, descansaba frente a su televisor, mientras las horas acudían en su auxilio, liberándolo de tanta Cris Morena. Tomó las obras completas de Borges, y al abrirlas en un acto mecánico, apareció la primera hoja de un cuento, sobre un criminal nazi haciéndole un poema a Dios. No quiso tomarlo como un aviso divino, pero casi se santiguó, y hasta se le cruzó por la mente hacerle un poema a Dios, aquel por el que había peleado y vencido; pero no tenía ni el convencimiento, ni las ganas, ni era Borges.

Siempre es bueno reencontrarse con la buena literatura, pensó y emprendió la grata lectura del cuento, sabiéndose con poco tiempo para el ocio de leer, esa nueva facultad de predicción que le habían dado los dioses a cambio de tanto miedo y tanto odio. Lástima haber empezado con el vicio de la lectura de grande, la cantidad de Poe, Conrad, y otros que le quedarían por leer. Tímido asomaba un papelito unas doscientas páginas -calculó- mas adelante, cuando lo fu‚ extrayendo y viendo el cuento que estaba marcando a modo de señalador, sacó un par de cuentas mentales; recordó esa par bola borgeana como si la hubiera dejado hacía un par de meses, pero el papelito indicaba innegablemente otra cosa, la fecha impresa era de cuatro años atrás.

El tiempo nos recuerda su existencia de maneras muy extrañas, esta es una. Los barrios y los hijos de los amigos son otra, cuando transcurre cierto tiempo sin verlos, nos aterra ver como han cambiado. Siguió pensando y leyendo.

El chico vigilaba la casa por la noche, sentado en su bicicleta, fumando el cigarrillo, ese cigarrillo delator de la espera, de una novia olvidadiza o de el campana de un robo mediando nocturnidad. El viejo salió con la bolsita de la basura y al girar la cabeza en esa dirección, vio el bulto en la penumbra, con la luz blanca a contrapelo, algo extraño vio. Resignado soltó la bolsa, dio casi un medio giro como para enfrentar la puerta cancel, cuando estiró la mano para alcanzar el picaporte de la puerta los detalles lo abordaron uno por uno, constantes, rítmicos; un rostro que era el mismo que el de la cola del banco (que curiosamente le había resultado familiar), que era el mismo que había visto de día dando vueltas en esa misma bicicleta (y pensara que era un nuevo novio del barrio), que era el mismo rostro del chico al que le comprara praliné en la plaza, alguna vez que jugara con su nietito, que ahora estaba adentro. Ya cuando era demasiado tarde y demasiado inútil soñar siquiera que se le acercara para robarle, recordó porqué le era familiar ese rostro.

Los años no habían logrado borrar aquel otro rostro del infeliz que apresaron en un operativo de los años buenos. Lo habían llevado al Cabildo, donde él trabajaba, lugar que aún pueblan los fantasmas de los desaparecidos.

No alcanzó a recordar el nombre del tipo, tampoco se esforzó al hacerlo; en una época se acordaba de todos, casi como de los imborrables nombres de los compañeros de quinto año bachiller. Ya no recordaba esas cosas, no sentía miedo.

El chico empujaba los pedales como si fuera la última vez, sentía cada uno de los músculos, la piel de la cara que chocaba contra el aire espeso y frío, mientras las lágrimas le chorreaban de los ojos, por el viento que le lastimaba la cara. Reservó el acto del secado de lágrimas para el final, aunque el viejo pensara que era un sentimental, un flojo; pero debía hacerlo antes de apuntar porque se haría difícil ver entre las lágrimas. El viejo prefirió mirar hacia donde venía su verdugo, a él casi siempre lo habían mirado a la cara, nadie le perdonó esa carga con la que seguiría hasta ahora.

Otro jueves, como todos los jueves y sábados de guardia del hijo en la repartición, le tocaba al viejo sacar la basura y como todo ser humano programado, era programado hasta en eso, la misma exacta hora antes que pasara el recolector.

El adolescente, mientras tanto, repetía otra vez el mismo acto que ensayara catorce veces a solas, de diferentes formas: de noche, en bajada, para que fuera lo mas real posible. Lo hizo una noche de llovizna por las dudas. Apoyó las puntas de los pies intermitentemente en el asfalto, de mucho frío y bicicleta sin frenos, antes que terminara la marcha la mano derecha había hurgado en los pantalones buscando el 38.

El primer disparo fue el mas fácil, el viejo de frente y lo asombraron la forma en que retrocedió, como golpeado, los escasos dos o tres metros hasta quedar enredado en las rosas del jardín, sin dejar escapar un quejido. El más difícil fue el de la cabeza con todos los detalles morbosos, pero debía hacerlo por seguridad, por haber elegido ese revolver de calibre chico para no hacer tanto ruido.

La calle de la esquina estaba desierta, dos cuadras arriba vio el semáforo aún en rojo, como todas las imágenes que lo agobiaban. El frío, el vapor que salía de los caños de escape de los autos. Un par de tiros mas entre los muchos que se escuchan en la noche - pensó tratando de tranquilizarse- y para cuando alguien se asomara a la calle, el ya habría alcanzado la avenida, dejado la bici y tomado cualquiera de los colectivos que pasaban tranquilos, levantando a tantos como él, con el bolsito a la espalda, para ir a sus respectivos trabajos, a esa hora precisa, tan nocturna; esa hora de fantasmas insomnes y laburantes.

No miró hacia las ventanas que seguramente abrirían sus párpados verticales para mirar mientras recorría las cuadras en zig-zag, ni a las luces que se encendieran, ni al frío que le trepanaba las orejas en medio de la carrera desesperada y el miedo y el temblor (que también congelan).

Pronto la avenida se abrió como los pulmones en las mañanas frías, esperándolo; antes de doblar la esquina, redujo la carrera, apoyó la bici contra la última casa de la esquina y recién dobló, bolso en la derecha, disimulando (aunque fuera imposible), la agitación por el miedo, el gasto de energía, el contraste del frío externo al calor interno y la última imagen fatal, retumbando en las retinas de aquel viejo tumbándose de precisos agujeros.

Se colocó detrás de los tres hombres que aguardaban el 72. Había elegido esa cola entre las varias paradas, porque era la mas poblada, indicando la menor demora del próximo colectivo en llegar. El vapor que expulsaba y la respiración agitada, delataba su carrera anterior; aunque fuera probable que no lo hubiesen visto venir.

Los segundos lo asfixiaban pesadamente, y ni siquiera se adivinaba en el horizonte de luces blancas, la fachada opaca de tierra del servicio público automotor. Había perdido la cuenta de los minutos, consciente de no poder contabilizarlos presa de la presión del tiempo subjetivo cuando por fin llegó, subieron, pagó su boleto y se sentó en uno de los muchos asientos que hay a esa hora transición de noche en día, los latidos en los oídos y concentrarse en eso que lo distrajo de lo otro.

Cuando bajó en el centro, y se dispuso a cubrir las cuatro cuadras que lo separaban de la parada del otro colectivo, el que lo llevaría a su trabajo; escuchó las sirenas inconfundibles de los patrulleros, justo en la dirección de donde venía. Subió, con bastante menos adrenalina en la sangre a ese otro colectivo y llegó por fin a su trabajo, a la hora en que llegaba normalmente, lo había cronometrado con el error de los quince minutos que siempre había. La gente de todos los días, entrando a la misma hora, con los mismos saludos, las mismas cargadas de cuernos y esas cosas, la misma bolsita de criollos saliendo de su bolso para colocarla en la cocina, junto al mate cocido, saliendo del bolsito azul que escondía debajo del pullover el revolver que prefirió guardar, cuando hubiera sido mas seguro tirar ni bien lo usara.

En el primer escritorio, el compañero no muy astuto, escuchaba en la radio, el mismo programa insoportable del ultra fascista que la va de buen tipo; era la primera mañana que se alegraba de escucharlo, pronto pasaría ese policial del que se horrorizaría como todos los demás, llamaría gente también horrorizada por el hecho, e inventaría también, algunos llamados también horrorizados de supuestos oyentes, emparentando a este individuo con otros militares de la historia, que sostenían otro concepto de abstracciones tales como la ley, la justicia y el honor.

02/02/95


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