26 March 2022
Desde Levy Strauss para acá, entendemos (¡ja!) los comportamientos humanos moviéndose como “Titanes en el ring”, donde la realidad está recubierta -protegida- por una capa de “biejouterie” que la hermosea un poco. El accionar humano es movido por hilos muy delgados y entrecruzados.
La realidad está recubierta de una capa de símbolos, mitos y creencias, que se justifican y dan sentido mutuamente. Como sospechará el lector, los actores involuntarios de esos guiones, somos nosotros, que ingenuamente pensamos que pensamos lo que pensamos.
Las políticas económicas globales no se enfocan en combatir la pobreza, sino a camuflarla de otra cosa.
Cada actor social, desde el pequeño o enorme lugar que ocupa, actúa de la forma que se espera de él.
Desconocemos el esquema de creencias en que se mueve el otro, cuando no entrega el salero en la mano, o no apoya la cartera en el piso, o no levanta la basura barrida a la noche, o lleva su mano a los testículos al sonido casual de un apellido.
Ese esquema de símbolos en los que nos movemos, hace que grabemos audios al upite del teléfono. Porque pensamos que es más “chic”
En ciertas tribus urbanas, existe una galantería: el varonil Gallito interdental a modo de punto final de las oraciones, mientras que otro grupo, en lugar de responder:
“No se puede”
Dice:
“Re no dá”
Lo curioso, realmente, es que compartan la misma vecindad espaciotemporal con el grupo anterior.
El habla, posiblemente, sea el mayor esquema de los símbolos en el que nos movemos. Hablamos como lo hace nuestro entorno, nuestro barrio. Esto explicaría el porque una señora, quinta generación argentina, de apellido Argentino, pero que vive en San Francisco, Córdoba, habla como Popó Giaveno. Quinta generación argentina, el anciano hebreo termina hablando con el modismo judío.
En ciertos círculos es obligatorio algún comentario acerca de Criptos y los anteojos de sol en la frente, mientras que en otros es acerca de Cristos. Dos religiones antagónicas.
La estructura se manifiesta en toda actividad humana, como pertenecemos y encajamos funcionales a/en esas estructuras.

En cada uno de los rastros que vamos dejando a nuestro paso.
Curioso sobremanera, es el trazado de calles, que va dejando nombres, odiados y queridos, hablan de los habitantes de esos pueblos, sus vidas, sus marcos teóricos. Podríamos hacer un psicoanálisis de los pueblos y sus mitos.
La avenida de circunvalación de Córdoba, hasta bien entrado el siglo XXI, consevaba el simpático nombre de: Revolución Libertadora.
Algo mucho mas difícil de notar, es la omisión. A pesar de ser un destino turístico que busca atraer ese segmento estrella del marketing, los “Milenials”, es curiosel prolijo ocultamiento del ícono milenial por excelencia.
Ninguna calle en Alta Gracia lleva el nombre de Ernesto Guevara, como ningún barrio, ni parque, ni plaza, ni terminal de ómnibus, ni bebedero para palomas. Algo que si ocurre con santos, curas, obispos y nomenclatura cristiana en general. La ciudad es generosa en esculturas de todo tipo en la vía pública. Ninguna del Che.
Caminando las calles de la carioca Ipanema, el transeunte puede hallar una calle llamada “Bartolomeu Mitre”. La “carioquización” del nombre no llega a ocultar la intención, festejar la ayuda argentina en la guerra de la triple infamia (como la llaman en Paraguay).
Todos los pueblos de la patagonia tienen una calle, un boulevar, una avenida Julio Argentino Roca.
Los que recorren las rutas del sur de la provincia de Buenos Aires, notan la proliferación de ciudades que honran hombrías, precedidas de grado militar, coroneles, generales, comandates, tenientes.
Eduardo Galeano contaba que recorría Chicago buscando -inocentemente- algún vestigio de los Mártires, una placa en una esquina, un dato cuando llega a una librería y da con el viejo proverbio africano en la pared:
“Hasta que los leones no tengan sus propios historiadores, los libros seguirán contando la gloria de los cazadores”