02 October 2024
Altivos y valientes marchan los últimos hombres del general Jürgen Slamastik.
Merma la soldadesca de forma alarmante, producto de la última hambruna.
Mientras cierto sector del comando mayor superior supuso una audaz iniciativa oficial, orientada a reducir el peso corporal promedio de la tropa, el antagonista, en cambio, descubrió en realidad una grave desinteligencia logística. Cosas que pasan.
La insanía, la pocombría, la megalomanía, los programas de Badía, socaban tanto la moral de la tropa como las posibilidades poéticas.
Detalles nimios al vulgo son motivo de berrinche histérico de parte de la soldadesca bravía, rima consecuente en lo fonético, con la imagen anterior, pero no con los significados.
Ni bien termina la queja envidiosa por los entallados uniformes del enemigo, comienza el susurro de pasillo por el corte de las calzas, o el levantamiento de ojos por el color de los subfusiles que ofenden el intelecto y la hombría del General.
¿Porqué siempre Negros? –Aclara la voz un mando medio, thinking out of the box.
Como se nota que el enemigo tiene gente que se preocupa de verdad por lo que quieren sus soldados.
Alza la voz un subalterno, al tiempo que va ojeando un Especial Vogue sobre tendencia militar para el verano boreal. ¿Vuelve el chocolate en composé con el pistacho?
Ese pañuelo rosa chicle, realza el durazno de las botas. –Otro infante apunta con el índice sobreactuado sobre la hoja, estirando el cuello al tiempo que dibuja un pañuelo de círculos concentricos sobre los hombros, con la mano izquierda.
No menos nocivos son el Netflix o el Tictoc, distraedores de los buenos hombres haciendo guardia.
A las frecuentes deserciones, se sumó días atrás un grave incidente, un batallón completo, perdido en la espesura del monte jugando a La Escondida.
Serios informes de auditoría, adjudicaron el origen del problema, urgidos tal vez por esbozar una teoría, al excesivo alarde del uso del camuflaje. Un sector antagónico, a una impericia cartográfica o falta de pilas en el gps; cuando todo apunta a que solo se tratara de abuso de tóxicos lúdicos por parte de la oficialidad al mando del grupo, conducta por todos sabida y tolerada. Muchas veces, incluso disfrutada.
Retumba aún la varonil voz del Primer Teniente Patricio Del Coso, gritando al poniente nombres de integrantes del batallón, al azar, con la vana esperanza de ver surgir las sonrisas detrás de una brea, un chañar, un palam palam, un chañar o un helecho serrucho:
Pietrabuona, Dani Alves. Resistencia, Chaco! ¡Lo vi soldado! –Nada. Silencio absoluto.
Arroyo Maldonado, Luis Enrique. Monte Quemado, Santiago del Estero. Paso al frennnn … te. De frenteee. ¡Mar!.
Cansamelbaso, Aníbal. Localización IDEM. Salga. Es una orden.
Desiste el primer teniente, pasadas la hora de las torta fritas. ¡Esto ya toma ribetes preocupantes! Piensa, recapacita mirando el excedente de azucar en la colasión criolla. Ahorra energía evitando repeticiones cartográficas, por lo que agrupa apellidos de soldados de las mismas localidades.
El General Slamastik comanda algo mas que despojos de lo que otrora fuera un ejército invencible, ejemplo de gallardía en la región. Se ensimisma el general, o se ensisisma. Vienen a él cuentos, poemas, óleos y hasta piezas musicales, aun recuerdan proezas bélicas y amores dejados al paso de la tropa, de glorias pasadas. A un suboficial de este regimiento, se le adjudicó, años atrás, la composición de una zamba, en homenaje a un noviazgo breve, antes de la batalla. Dos horas. El noviazgo. La batalla duró algo mas.
Noviazgo perteneciente a ese preciso esquema afectivo que algún sector de la clínica denomina amor express.
La zamba La Humectada. Endecasílabo en octavos mayores, centrado en la llegada de la niña al batallón, en medio del aguacero, autoría del reconocido poeta y músico Diógenes L’achott.
Escuchar la zamba fuerza en el intelecto humano la imagen de la niña, remera roja, círculo negro y A negligente en grafía mano alzada, pañuelo verde proderechoso, a tono con el cabello, pañuelo de algodón palestiniano. Mirada más firme que toda la tropa. Bandera de cuadritos multicolor, gritando algo extemporáneo, quillapayunezco:
“… Y tu vendrás, marchando junto a mi… la luz de un rojo amanecer… “
Apuran la marcha los hombres de Slamastik, al asedio final de la fortificada ciudadela de los quemantucas, pueblo célebre entre sus enemigos por su hostil comercio verbal, su literatura idealista y su incipiente, aún, turismo gastronómico.
Los sociólogos estructuralistas bautizaron Filantropía de lo Ajeno al comportamiento de los quemantuqneses, además de disfrutar de ese patológico placer en la bajeza discursiva hacia los pueblos vecinos, en la chanza grosera que tantas vidas cobrara en propios y ajenos, cual teucros y aqueos a los pies de la bien amurallada Ilión.
Placer que atenta con los planes oficiales de incrementar el Turismo Receptivo.
Discurso etnocéntrico mucho mas acorde a popular en estadio de fútbol, que a relaciones internacionales entre naciones vecinas civilizadas, que desoye evidentemente mandatos estilísticos del decoro y la prudencia como la transcripción de un email reciente.
“Reclamamos enérgicamente a los negros de mierda de nuestra nación vecina, interrumpan su intromisión política reclamando por presos políticos, puesto que estos son unos indios cagados de hambre y negras culo roto…”
La soldadesca de Slamastik abandonó la comodidad de sus hogares para cobrarse la innoble afrenta de los quemantucas.
Los lenguaraces trajeron veneno en sus palabras, ojos enrojecidos, tartamudeos y altos en el relato que denotan ofuscación, recuperación del aire luego del trote o abuso de tóxicos:
El lonco Eulalio Melacomoiqué decir Boston significar Caca Grande.
Hecho que despertara “preciosas y esperables lealtades”.
La leva reclutó lo mejor de las juventudes locales, entre cuarteles de bomberos, garitos de apuestas, claustros universitarios y casas especializadas en afecto rentado, para lavar el honor con sangre enemiga.
Lo que queda de las tropas leales, proponen al general un duelo de gallito interdental, de hip hop o BMX y evitar con ello la lucha franca y directa.
Cabecea en gesto negativo el general Slamastik, en creciente y entendible enojo hacia si mismo, observando franqueza en los ojos de los soldados al tiempo que razona:
Lo dicen en serio.
¿Quién me manda a mi con estos pelotudos?
Se autoamonesta con leves y sonoros golpes de la cara interna de la mano derecha a la frente, mientras eleva los ojos al sol hiperiónida.
Indaga de manera táctil la frente, no en busca de auxilio celestial, evalúa la alta radiación solar recordando el olvido de la gorra y el protector solar 40, que cubra su alopecia grave y crónica.
Siente brotar la negra ira, que parte del lógico y esperable: “son chicos”, pasando por “tortura seguida de muerte”, hasta llegar finalmente y como es frecuente; a la duda vocacional, recordando la repetitiva sentencia de la finada madre:
Tito, cuando seas grande tenes que ser service de PC.
Y su correspondiente amonestadora autorespuesta del superyo.
¿Porque no le hice caso a mamá?
Duda el general asomado en lo alto del peñón, si avanzar con el pronto amanecer, mientras inspecciona inconscientemente el orificio nasal izquierdo, con el índice de la mano correspondiente.
Palpa -inconcientemente- el resultado de la pesquisa, apelotona, amasa -tanteando viscosidad y solidez- el contenido entre pulgar e índice, mirada perdida en el horizonte, ojos húmedos a la aurora de rosáceos dedos.
Ojos achinados, fijos, húmedos. ¿Miopía? ¿Basurita que trajo el viento o lisa y llana duda?
¿Aprovechar la distracción del enemigo a la hora del Bailando por un Coso o esperar el sueño profundo?
Imagina, sueña intervenir en la señal satelital televisiva con comandos especializados, cambiar el contenido por publicidades generosas en glúteos femeninos, publicidades que se estiren tal vez por horas.
¡No es mala esa!
Se debate, sopesa, estima en su Yo el envío de un Grupo Comando de Elite, que agregue LSD a la red de agua potable, mas desiste. Se daría así la extraña paradoja del “enemigo” convertido en “amigo”.
Conoce las debilidades del adversario. Numeroso, aguerrido y valiente, pero bastante flojo en lo cognitivo y algo pajeritos. Adivina esta falta intelectual, originada en alguna bacteria del agua y cabecea afirmativamente, se auto festeja por la sagacidad y buen criterio.
Arriesga una respuesta por el lado de sexo entre primos, mucha hambuguesa de comida rápida o fumigación con agrotóxicos.
Slamastik, gallardo, suelta el lastre escatológico, descarga la bolita entre sus dedos, al tiempo que una duda estética le nubla los ojos llamándolo a la realidad.
Se observa a si mismo, de pié, perpendicular al horizonte artificial, gesto adusto, camisa impecable, botas lustradas, cinturón al tono, chaqueta de botones relucientes. Vestigios de fluidos nasales en el puño izquierdo, que pasa desapercibido al público en general, pero que molestan sin embargo al general.
Dirige la arenga a la tropa alrededor del hallazgo de la flojedad intelectual enemiga, al despuntar el alba.
En el verbo, el general rememora vidas de valientes patriotas anteriores, gestas, historias de batallas, renucios e infidelidades conyugales.
Habla asumiendo que sus palabras hincharán pechos y despertarán necesarias valentías.
Levanta la voz entonces. Ingenuidad pura, casi tierna.
Lo distrae la visera en la nuca de un par de opacos de su tropa, suelta el gallito interdental para ganarse su simpatía.
Las risas lo hacen desistir de lo último.
Lo consume el personaje, ante la proliferación del verbo. Brotan lágrimas de excitación de sus ojos, mas escucha un harto familiar sonido escatológico, en segundo plano, poco acorde a la solemnidad que exigen las horas, duele a su intelecto aceptarlo. Demora en hacerlo, espera -ruega al cielo- haberse equivocado, pero risitas festejaticias y rostros que contienen esas risas brotan en el flanco izquierdo de sus magras filas, lo anotician que no hay error, que escuchó bien.
Opacos -Piensa
Vuelve, dolorosamente la duda, llega nuevamente a la crisis vocacional.
Se debate el general entre la merecida Pena Capital a los infractores haciendo peligrar con ello la esperza de victoria en la batalla.
Por otro lado se autoamonesta, imagina esta calidad de soldados detrás de una pieza de artillería, vuelve sobre la díada “actitud y aptitud” y el temor se vuelve de tamaño continental, regional.
Paradojas todas de difícil o imposible solución.
Slamastik decide reducir y fusilar en juicio sumario a los infractores, encarga la ominosa misión al coronel Ermenegildo Lamondiola, al mando de la brigada “Unidos triunfaremos”.
Lamondiola aquel que se granjeara la total confianza del General, alcanzando el grado de Coronel, tras la heroica, inteligente y ya legendaria actuación en la batalla de Pozo del Loto.
La risa de un valioso integrante del pelotón, hace que se malogre el disparo y dé por error con Satanás, el labrador rescatista del batallón, que pasa a renguear de una pata, accediendo asi a la condición de tripedo.
Pierde así cuatro valiosos hombres, una extremidad posterior del rescatista y cuatro balas, -que echará de menos en la batalla- de la columna de los afterofistas, célebres por su resistencia a la nocturnidad, su capacidad de inventiva al Truco y su resistencia al sueño.
Se encienden luces en lo alto de la ciudadela de los quemantucas. Pareciera que se pierde algo del original factor sorpresa.
Vuelve a la táctica, planea, imagina un movimiento de pinzas, mas el nimio número de su tropa lo devuelve a la realidad, no le da para imaginar pinza de metalurgia pesada, sino apenas una de depilar.
Su tropa es reducida tanto en hombría, volumen y suministros, mas aun, después de la acción disciplinatoria que pasará -imagina- a los libros de historia como:
Fusilamiento en Quebrada de los Pedorros.
Sabe de su inferioridad numérica. Los quemantucas los esperan con no menos de diez mil hombres, entre mecheros, enrolladores, mas la canalla pedestre, el general solo cuenta con medio batallón. Sobreestima, posiblemente, el factor sorpresa, reducido sensiblemente después de los últimos disparos.
Continúa la arenga, recupera algo del ímpetu perdido, Recuerda Enrique V de Shakespeare, quinto acto y lo que significaron los arqueros en la batalla.
Recuerda su carencia, solo cuenta con un cuatro de poca marca y dos centrales entre buenos y regulares, pero sabe, la defensa es un flan.
Cruzan a duras penas el faldeo que los locales llaman: Merluserus Mount, vadean el arroyo “El Escrotal”. Divisan a lo lejos la fortaleza.
¿Alguna pregunta? –Inquiere el General a sus hombres, a sabiendas de estar cometer un error.
Avanza Gallardo uno de sus mejores cuadros, paso al frente, prensenta armas.
Parte para mi General. Tengo una denuncia grave contra el Coronel Monticello.
No tenemos ningún Coronel Monticello -Responde altivo el general.
Acercaos y conocedlo –Responde con una reverencia teatral el soldado, que termina en una mano tomándose las vergüenzas.
¡Otra vez el pelotón, la puta madre! –Recapacita el general mientras trata de resolver el problema técnico aritmético de ser mayor el numero de soldados a fusilar que el pelotón de fusilamiento en si.
Señor, o sea, Mi general, o sea, con su permiso -Se adelanta el soldado Mayorga- no quiero llevarme esta duda al otro barrio, o sea si vamos a morir hoy: ¿Porque viento en popa es exactamente lo contrario a viento en papo? O sea, NADA.
El soldado Mayorga pertenece a la nueva estirpe de los oseadores.
Risitas festejaticias, nuevamente, escapan de lo que queda de las brigadas afterofistas, afectos como son a los tóxicos duros.
Coronel -Interrumpe el Suboficial Mayor L’achilamp- Re no da atacar a las cero setecientas, estamos re de cara! -Cambio.
Uno de los pasos mas importante para el éxito es el reconocimiento de las falencias propias. El General cabecea negativamente, acepta que sacó Escuela de Guerra II con un cuatro, incluso hay quienes aseguran que “copió”.
Reconoce haber confiado demasiado en la brigada adiestrada en Counter Strike, especie de simulador de guerra, pero que aburguesa y genera demasiada adiposidad en la tropa y una tendencia enfermiza al chiste de rugbier.