19 January 2026
They were alive. –Lord Jim. Joseph Conrad.
Lo lógico era que papá me avisaria que había muerto su mamá, con frases muy de las que usaba él, preñadas de humor negro.
Empilchate bien y vení que murió tu abuela –Quitándole algo de gravedad, para hacernos mas simple el dolor.
Pero no, fue muy distinto. Yo llamé a casa de los viejos, como en aquella época, al fijo, sin avisar.
¿Unidad básica Nestor Vive? –Pregunté.
Utilizaba ese saludo para hacerlo maldecir un rato, quejándose que es paciente cardíaco y que no le de ese tipo de disgustos. En lugar de eso, después de unos segundos de silencio dijo.
Murió mi mamá negro. Mi mamita. Recién corto con mi hermana. Estoy solo, no se donde está tu vieja. –No hablaba un hombre de setenta años, hablaba el niño que había sido.
Una voz perdida en el dolor, como nunca lo imaginé en él. Me abolló el alma escucharlo quebrado, roto, que no podía camuflarse detrás de los chistes. Una de las personas a quien mas quise en el mundo. Que son pocas. Dejé que hablara, me acuerdo, sin poder interrumpir, estúpido como siempre, quería que parara de dolerle, le dije que salía para allá.
Allá era el pueblo, donde no tenía el ingreso del todo prohibido, pero casi. Allá, también significaba tener que pedirle guita a él al llegar, para volver, que no le jodía pero no le sobraba. Manguear a un jubilado es verguenza suficiente.
Allá también era, antes y sobre todo en ese momento, pedirle guita prestada a la mamá de los chicos, como último recurso, otra vez. Esta vez no para bancarme las deudas de la timba, ni los tipos que me iban a matar. Bancarme las verdugueadas del gil del vendedor de autos que vive en la casa que hice yo. Y me vienen a hablar a mi de estoicismo.
Pero era otra vez. Puta madre, pero esta vez si murió mi abuela y soportar el simulacro de creencia de ella. Por un segundo se me pasó por la cabeza tomar un taxi a la terminal. Hice todas las cuadras a pata, para masticar la derrota como corresponde, casi sabiendo que no quedaba mas que esperar hasta la mañana el primer bondi, el que para en todas, esperar ese colectivo la mini eternidad propia de aquella época pre celulares. Recordamos lo último de los finados, que casi nunca es lo mejor. La abuela tenía la obsesión de la familia tipo y se preocupaba por mi separación.
¿Tenés pareja negro?
No abuela, no tengo pareja. –Respondía yo preparando el chiste.
Ahhh, un chico tan joven.
No tengo pareja las pata, abuela –Decia y le enumeraba amores verdaderos e inventados.
La abuela rompía en carcajadas, pero el Alzeimer la traía de vuelta a los quince minutos.
Vos negro, que sos joven. ¿Hiciste pareja después que te separaste?
No tengo pareja abuela.
Podíamos estar horas. Y ella era como tener el teatro lleno de público nuevo. Una función nueva cada quince minutos. Con el aprendizaje de saber cuales chistes son buenos y cuales no.
La abuela, mi última abuela vivió mas de noventa años. Había parido a mi papá muy joven y él bastante joven fue mi papá. La ventaja que los abuelos mueran viejitos es que uno se va despidiendo, los ve irse en cuotas.
La función social del velorio es que nos vayamos acostumbrarnos a la idea de irnos. Nos vamos curtiendo con cada uno de esos que se nos va.
Lo molesto, igual que en los casorios, es tener que repetir porque dejaste derecho faltándote dos materias, porque te separaste, como hice para quebrar el lavadero de camiones, que estaba en la entrada del depósito donde los camiones tienen que entrar lavados. Y el silencio denso que pesa sobre el paso por la función pública, donde todos se forran. Pero no van a preguntar. Lo único distinto es que en el velorio te arrinconan para humillarte y en el casorio te lo gritan de una mesa a otra.
Lo sabe el primo del alma con el que comparti toda la infancia, que de la nada suelta que diosito no ve con buenos ojos la separación. Mientras la mujer queda con el sanguchito de miga suspendido a milímetros de los dientes. Siempre les adimiré esa alta autoestima moral. En realidad no es admiración, es envídia.
¿Sabés que veia mal tu Jesucristo? –Suelto la pregunta haciendo girar el liquido ambarino sin hielo, sabiendo que es el tercero.
Y el viejo que viene apuranto tanto el paso como puede, sin que le digan nada, cruzando todo el salón de la funeraria. ¿Que no arme yo quilombo?
A los prestamistas del templo. La única vez que el palestino de barba se enoj́ó, que rompió todo, fué con los arbolitos que cambiaban guita en el templo de Jerusalén.
Mercaderes. –Corrige la mujer, haciendo alarde de lecturas de catequesis, tratando de quitarle gravedad a la profesiòn de su marido.
¡Claro, vendían calzones y lentes en el suelo! No mi amor, Jerusalen era el centro de la ruta de la seda, había gente de África, Medio Oriente, Eugora todos con monedas distintas. Eran cueveros.
Miro esperando la amonestación, la cara del viejo que entrecierra los ojos. Yo no busque la falta, me pegó sin pelota. Lo vieron todos.
Vamos a comprar al super, esta gente tiene que comer. –Siento la mano de mi hermano en el hombro, saboreando de la cara roja de la mujer de mi primo, viendo como salpica chorritos de veneno, los ojos desorbitados.
Miro para atrás, trato de distinguir a los leales, los que esperan el bobazo de la conchuda y los lameculos comehostias.
Cuando cristo dijo no usted sabe bien lo que pasó. –Me voy tarareando a Doña Soledad, inconscientemente.
Hasta ahí la parte buena. No creo en las maldiciones, si en el karma.
En la cola de la carnicería del chino, sentí los ojos que se me atornillaban en la nuca, que al rotar la cabeza ya habían cambiado levemente de posición y dos señoras grandes siguen caminando empujando su changuito con las compras.
Algo me hizo ruido pero seguimos hablando con Diego de las cosas que hace tanto no hablamos y tenemos que hablar. Nos debemos horas aún de charla, desde que me fuí del pueblo, solo vuelvo a tomar unos mates en la casa de los viejos y vuelvo a irme. Hay cosas difíciles de explicar pero fáciles de entender. Cuando ellos se van al centro, o salen los chicos, elijo quedarme escudándome en la falta de dinero y el orgullo para aceptar un café.
En la caja del super, vuelven a escena las dos señoras, que ahora parecieran apurarse para pagar las pocas chucherías que llevaban, una murmura a la que está de espaldas, hasta ese momento totalmente intrascendentes. Las dos son grandes, pero la que está de espaldas está mal teñida y la ropa interior sobresale de un vestido que alguna vez le quedó bien. Si me apurás te digo que está en camisón.
Son fracciones de segundos, pero la intuición hace su magia.
Agacho la cabeza, acepto el saludo forzado, ella sale forzándolo también en una sonrisa que tiene mas de mueca de dolor que otra cosa. Tengo absoluta certeza que tiene verguena, que la he defraudado.
¿Quien es esa mujer? –Pregunto a mi hermano ni bien empezamos a cargar las compras en el baul del auto.
Tere Quiroga, que vivía a la vuelta de la plaza, frente al comercial. Tenés que acordarte, era profe de educación física en tu escuela, ya se jubiló. –Largó como si tuviera obligación de recordar un rostro que no veía desde hace cuarenta años.
Sentí la misma sensación al ver la bolilla nueve en el final de Derecho Internacional Público. No tener la menor idea. Entre la nariz y los ojos ocurre algo, pica, al hacer coincidir esos nombres propios con los quince o dieciseis años. Supe que no podía disimular frente a Diego, hermano, confidente, genio, al empezar a acomodarse esa caricatura del rostro que tenía almacenado en la memoria, en cajón cerrado y oculto, de esa época donde todo era tan ingenuamente posible, la revolución, el amor y solo ir para adelante sin mirar. Cuando solo había que desear con fuerzas.
Ese empuje hacia adelante, en algún momento se convirtio en escape. No tengo claro el momento en que cambia el verbo buscar por huir.
¡Ah! Te la hiciste. –Se rie y me pega una piña, subiendo al auto y encendiendo un cigarrillo.
No, boludo, tenía como quince años mas que yo. Nunca le tiré onda. Me arrepiento, pero ojalá esto fuera lo único de lo que me arrepiento.
No fué el recuerdo de aquella lejana tensión al pedo, de la profe de educación física de mis compañeras de curso alla lejos y hace tiempo, de la ostetación que hacía de su ajustada pilcha profesional, del poder que sabía tenía sobre mí, del deseo al borde de las lágrimas en esa época, donde sos como los cuscos, basta una caricia para que te enamores.
No fué el sospecharme juguete de sus coqueteos, después entenderlo y tarde lamentarlo.
Tampoco fue ese ámbito compartido, secreto a todo el entorno, suyo y mío, tan distantes ambos. La reunión del primer miércoles del mes, en el círculo de prensa del pueblo. Tan pretenciso como inútil. Tantas palabras rebuscadas escuchadas para solo tener la mínima posibilidad de sentarme al lado. Esperar el miércoles para ir al bar donde nos reuníamos y buscar dos sillas vacías.
¿Cuantos años tenés vos, no vas a cuarto del comercial? –Preguntó bajándome el precio una vez.
Se que lo hizo para poner distancia. Si no fue así, es tarde para corregir la estrategia.
Ni me acuerdo que le contesté. Si es que pude dirigirle la palabra.
Y después el viaje en colectivo del curso completo a algún lado, que subí en último lugar y ella señalandome con la mirada el asiento de la ventanilla, apenas sonriendo, para encerrarme. Ahora lo entiendo y apoyarme la cabeza en el hombro y hacerse la dormida. No recuerdo si me dormí con ese perfume envolviéndome. Se, seguro, que se paró en un momento para sacar algo del bolso, se estiró para que se le suba el pullover azul de lana, y justo darse vuelta y mirarme. Quería ver cuanto significaban sus jeans en mis ojos. Creo que lo vió.
Mamá me contó al tiempo que en verdulería le dijo que yo era una mente brillante. Habló con el director del diario donde yo escribía y tan bien habló de mí, que el pobre tipo llamó a casa para felicitar a los viejos por el trabajo que hacía. Y la parábola de los talentos me viene para lastimarme mas todavia.
No estaba avergonzada de sus canas mal teñidas, eso se arregla, de su exceso de peso. Estaba avergonzada de haber puesto espectativas en el caballo que va a perder, en su error de diagóstico. Todos los educadores deben sufrir eso un poco.
Hicimos el asado con Diego, fué sacándome frases a los tirones, detalles, entre vino y vino. Soportamos los aplausos para el asdador y el resto de los lugares comunes. El velorio tiene esa función catártica de abrazar al primo y a la tía, a los mas viejos y viejas, vamos ensayando para el protagónico.
Te quiero y te admiro por las convicciones, vamos aprendiendo a medida que la pifiamos. –Dijo para sacarme un poco de la vuelta soñada a quinto comercial.
Aflojale a los existencialistas! Prestame guita para la vuelta.
Viva la abuela y vivia el papo. –Dije estirando el vaso, para festejo de la gran mayoría y las carcajadas de los niños.