El elogio del aburrimiento

01 November 2024

La Siesta

La palabra siesta proviene de sexta, la hora de la sexta oración del día. No comulgo con ninguna religión, pero tengo una temprana intriga por los rituales y sus significados. Cuanto significan al indivíduo. Cuan necesarios son a su formación, a su Yo. No por estos rituales en sí, sino a la luz de la ausencia de rituales espirituales y la irrupción en la realidad de otros rituales, menos humanos.

La siesta de mi infancia estaba llena de rituales. El silencio. El aburrimiento. Prohibiciones, toneladas de prohibiciones. Teníamos terminantemente prohibido hacer ruido.

Al patio no se podía salir, porque existía un ser sobrenatural llamado La Solapa. El testimonio incuestionable era la tía Elena, que la vió de chica una vez y corrió a esconderse. Mi mamá y la su mamá -mi abuela- se miraban y asentían. Tanto para mis hermanos como para mí, era tan verdad como cualquier otra. No salíamos al patio.

Anterior a la revolución digital, en todas las casas había diccionarios, enciclopedias, atlas, que se compraban -al parecer- por kilo, a un tipo que pasaba anualmente y las cobraba en cuotas.

¿Cuantos millones de letras poblaban los livings de las casas clase media de los setenta? ¿Fuiste a alguna casa sin bibliotecas alguna vez? ¿No sentiste cierta horfandad o desnudez?

Por otro lado estaban las novelas de la editorial Robin Hood. Una especie de frutilla del postre.

Siempre había simulaciones y juegos, buscar malas palabras en el diccionario, mirar los contornos de los continentes y experimentar felicidad de encontrar lugares. La opción era el tedio de mirar el techo. Pero ese era otro viaje fantástico, a las formas de las manchas de humedad del techo sin cielo raso pintado con cal.

Y las revistas del mueble del abuelo, en el galpón, con muchísimas mas telas de araña, radios a válvula, y herramientas viejas.

Pero eso no hay que leer de esas revistas porque no dejan nada. Era una consigna clara.

Muchos años después descubrimos que somos el resultado de como resolvimos esa curiosidad y el trato que dimos al tedio, al aburrimiento titánico de las siestas.

En el galpón prohibido había un viejo arcón o baúl, era de los padres de mi abuelo cuando llegaron de Italia, a principios del siglo XX. Traían herramientas de labranza y de albañilería. A la par de muchos niños. Y unos gajos de rosa. Esa rosa que podaba el abuelo y con los gajos hacía nuevas plantas, horticultores como eran de profesión, se transmitía ese saber de generación en generación. Quiero creer que era un poco de su tierra, su vínculo sagrado. Fé a la que tampoco puedo honrar porque se me secan las plantas.

Una cuchara de albañíl, un formón, una escofina y un par de coas mas. Tal vez signifiquen mucho mas que lo que uno puede comprar en una tienda on line y le llega al día siguiente.

Hay dos cosas que me hacen dudar sobre la supuesta bienaventuranza de estos tiempos. Todo lo que teníamos que saber nos lo enseñaban nuestros padres. Las herramientas las heredábamos. No desechábamos toneladas semanales de basura tecnológica. Tomábamos agua, los huevos los ponían las gallinas en el fondo. Heredábamos ropa que no nos gustaba. Las zapatillas eran uniformes. Eramos amigables. No se excluía al distinto.

El viaje es uno de esos rituales. Siempre lo fué. Todo viaje siempre fue una aventura, una aventura que modifica quienes somos. El viaje hace que dejemos una piel y cambiemos, nos obliga a ver los ojos del europeo cuando decimos Argentina, notamos la sonrisa nerviosa.

¿Sao Paulo?

Y la herida mortal al narcisismo. Hasta que decimos Messi vemos florecer las sonrisas. Tardamos poco en asumir Barcelona con eso.


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